El papel de la empresa en el abandono escolar prematuro

A pesar de numerosos intentos y reformas educativas, España sigue teniendo una de las tasas de abandono escolar prematuro (AEP) más elevadas de Europa. En términos absolutos se ha reducido, pero está lejos de haberse eliminado. Uno de los motivos es que la mayoría de las medidas se han centrado exclusivamente en la escuela, olvidando una pieza fundamental del rompecabezas: el tejido productivo.

Convocado el pasado otoño por la Fundación Ferrer i Guàrdia en el marco de su proyecto Retos Educativos, se celebró un seminario de expertos que puso sobre la mesa una realidad incómoda: el problema no nace únicamente en las aulas, sino también en los modelos de contratación de las empresas y en la estructura del mercado de trabajo. La complejidad del problema es superior a la habitualmente admitida. Ahora que la Fundación está dando a conocer todos los resultados del proyecto y dado que tuvimos el privilegio de participar en el citado seminario, creemos que merece la pena profundizar aún más en una cuestión que consideramos de importancia capital.

El mensaje que envía el mercado

Para muchos jóvenes, abandonar los estudios no es una decisión irresponsable: es una respuesta lógica a un mercado de trabajo que no exige formación para contratar. Imaginemos a un joven de dieciséis años que ve cómo puede ganar dinero hoy, ahora mismo, trabajando en la restauración, la construcción o el comercio sin necesidad de ningún título. La decisión de abandonar los estudios, vista desde esta perspectiva, no es irracional: es una respuesta a la señal que emite el mercado. «Formarse no es necesario para trabajar».

Se trata de un tipo de efecto llamada: la disponibilidad de empleo de baja cualificación actúa como un imán que aleja a los jóvenes del sistema educativo. Y su lógica inversa —el efecto sifón— tampoco ayuda: cuando las empresas contratan titulados universitarios para puestos que requieren formación profesional, presionan los salarios a la baja y envían el mensaje de que estudiar no garantiza una mejora real.

Una realidad estructural

El mercado de trabajo español presenta una profunda escisión. Por un lado, sectores de alto valor añadido —tecnología, ingeniería, servicios avanzados— que ofrecen estabilidad y buenos salarios, pero que exigen formación. Por otro, una amplia base de sectores de baja productividad —hostelería, comercio, agricultura, construcción— que en 2022 representaban cerca del 75 % del empleo total y generan puestos de trabajo precarios, temporales y sin perspectivas de promoción.

Más de 700.000 jóvenes menores de 30 años trabajan hoy en ocupaciones vinculadas a la restauración y al comercio sin haber completado estudios postobligatorios. No es que hayan fracasado: es que el sistema les ha ofrecido una salida que, a corto plazo, parecía viable. El problema es que, a medio y largo plazo, los aboca a un círculo de baja formación, baja productividad y bajos salarios del que resulta muy difícil salir.

Ciclos económicos, no solo fracaso educativo

La relación entre empleo y abandono no es estática. Hasta 2008, en plena burbuja inmobiliaria, el AEP alcanzó máximos históricos mientras el desempleo juvenil era bajo: el mercado absorbía a jóvenes sin titulación. Con la crisis, los jóvenes permanecieron en las aulas porque no encontraban trabajo. Desde 2014, sin embargo, se ha producido una descorrelación: el AEP ha seguido disminuyendo lentamente, pero el desempleo juvenil se ha mantenido elevado. Señal de que el problema ya no es cíclico, sino estructural.

Qué puede hacer la empresa

En el seminario convocado y dinamizado por la Fundación Ferrer i Guàrdia se identificaron diversas líneas de actuación concretas en las que el tejido productivo puede —y debe— implicarse:

Apostar por la FP Dual. Los titulados que han cursado sus estudios de FP en modalidad dual encuentran empleo con mayor facilidad y en mejores condiciones que quienes han seguido la FP ordinaria: contratos más estables y salarios entre un 4 % y un 12 % superiores. Hacer crecer este modelo de éxito requiere que las empresas asuman un verdadero papel formativo y no se limiten a acoger alumnado en prácticas.

Vincular la contratación a la cualificación. Ningún joven debería incorporarse al mercado laboral sin haber obtenido al menos una cualificación profesional de nivel medio. Las empresas pueden contribuir directamente exigiendo una titulación como condición para la contratación.

Participar en la orientación y la mentoría. El acompañamiento del alumnado por parte de profesionales del sector desde los primeros cursos de la ESO mejora la motivación y el sentido de pertenencia. No es necesario esperar a que los jóvenes lleguen a la FP: la conexión con el mundo laboral debería construirse de forma consistente a partir de los 14 años.

Invertir en cualificación y formación continua. Las empresas que priorizan los salarios bajos por encima de la cualificación no solo alimentan el AEP: también se penalizan a sí mismas al renunciar a la innovación y a la productividad que genera el talento formado.

Un reto compartido

El abandono escolar prematuro no es un problema que el sistema educativo no universitario pueda resolver por sí solo. Es el reflejo de un modelo económico que, durante demasiado tiempo, ha premiado la contratación rápida y barata por encima de la inversión en capital humano.

Revertir esta lógica exige una alianza real entre centros educativos, empresas y administraciones públicas. No como una mera declaración de intenciones, sino como un compromiso operativo: incentivos fiscales vinculados a resultados, planes territoriales de impulso de la FP dual, sistemas de acreditación de competencias y, sobre todo, un cambio de cultura empresarial que entienda la formación no como un coste, sino como una condición de futuro.

Reducir el AEP no es, en definitiva, una meta educativa. Es una condición necesaria para construir una economía más productiva, una sociedad más equitativa y un mercado de trabajo en el que formarse tenga siempre sentido.

Josep Francí, Francesc Colomé, Xavier Farriols y Oriol Homs.