Los retos de la FP de grado medio
Desde la reforma de la LOGSE (1990), los ciclos de Formación Profesional (FP) de grado medio están concebidos para formar a los futuros profesionales cualificados que requiere la actividad económica en un amplio abanico de profesiones, oficios y ocupaciones que corresponden al grupo más numeroso de la población ocupada del país, aproximadamente la mitad del total de los puestos de trabajo. Se trata, básicamente, de ocupaciones que requieren una pericia técnica y un grado de autonomía y responsabilidad considerados como medios, que requieren supervisión.
Estas ocupaciones tradicionalmente han sido desempeñadas por personas que no disponían de los estudios ni de las titulaciones correspondientes para ejercer su actividad profesional; solo una minoría contaba con dichas titulaciones. Esta situación ha ido cambiando en las últimas décadas, pero aún hoy aproximadamente solo la mitad de quienes ocupan estos puestos de trabajo tienen una formación adecuada; la otra mitad o bien no tiene formación o es de nivel inferior, o bien tiene una formación de nivel superior.
En la Unión Europea, el 46 % de la población ocupada en 2024 tenía un nivel de formación correspondiente a los niveles 3-4 de la Clasificación Internacional Normalizada de la Educación (CINE 2011). En España esta proporción era del 26 %. Estos niveles son los que corresponden a los grados básicos y medios de FP.
Estos datos, conocidos desde hace tiempo, deberían estar presentes en los debates sobre la funcionalidad de los grados medios de FP a raíz de los profundos cambios que están afectando al mundo del trabajo y del impacto de la crisis demográfica.
La LOE de 2006 flexibilizó la concepción de la FP como etapa de especialización al final de cada nivel de educación general para facilitar la continuidad de los estudios hasta la universidad. Por tanto, hoy la FP cumple una doble función: la de profesionalización para incorporar a las nuevas generaciones al mercado de trabajo y la de vía de progresión académica con un enfoque más especializado y centrado en las actividades profesionales que en las ramas científicas.
Esta estructura formativa debe hacer frente actualmente a diversos tipos de tensiones que se interrelacionan entre sí:
A) El cambio demográfico. Tradicionalmente, el mercado de trabajo español ha sido excedentario, con más personas buscando empleo que puestos de trabajo disponibles. Esta situación se está invirtiendo por el descenso de la natalidad y nos acercamos a un escenario contrario, en el que hay más puestos de trabajo disponibles que personas para ocuparlos. Este cambio conlleva la reformulación de los mecanismos de regulación y funcionamiento del mercado laboral. Las profesiones y ocupaciones con menor prestigio social son las que más sufren la falta de atractivo de sus puestos de trabajo, ya sea por cuestiones salariales, de condiciones laborales o simplemente por cuestiones de moda. Algunos ciclos de grado medio están orientados a estas profesiones.
B) El incremento del nivel educativo de la población. La generalización de la escolarización hasta el final de la ESO, pese a los elevados niveles de abandono escolar prematuro que aún persisten, ha incrementado la capacidad de aprendizaje de la población. Aquellas ocupaciones con una curva de aprendizaje corta, de pocas semanas, como algunas del comercio, la restauración o la distribución, se nutren de mano de obra con formación no adecuada, ya que su capacidad de aprendizaje les permite adquirir rápidamente un nivel de autonomía y pericia suficiente para ser productivos. En cambio, la oferta de FP en estos sectores, más completa y prolongada, orientada no tanto a los primeros pasos sino a una profesionalización más madura, compite con quienes empiezan a trabajar sin formación previa.
C) Los cambios en el mundo productivo. La maduración de la transición tecnológica iniciada en los años 80 del siglo pasado y las innovaciones posteriores están transformando procesos productivos que parecían tener mucho futuro, pero cuya utilidad va decayendo con el tiempo. Es el caso de los niveles operativos de la informática, que hoy ya no tienen cabida como perfil propio en la organización de la producción y los servicios, aunque sí como conocimiento transversal en todas las profesiones debido a la generalización de las herramientas digitales.
D) La formación continua. Los cambios rápidos en la actividad económica dificultan prever con exactitud cuáles serán las competencias profesionales necesarias para ejercer la mayoría de las profesiones. Aunque conocemos las grandes tendencias, los detalles siguen siendo inciertos, lo que dificulta diseñar a largo plazo la formación necesaria. Además, parece claro que durante varias décadas las personas desarrollarán distintas ocupaciones a lo largo de su vida. Por tanto, el concepto de formación inicial para una profesión de por vida ha perdido sentido, y es necesario dotar a las personas de capacidades de aprendizaje que les permitan gestionar su trayectoria profesional mediante competencias amplias, polivalentes y adaptables, que deberán actualizarse continuamente.
E) La incorporación de la población inmigrante. La necesidad de incorporar mano de obra extranjera para cubrir las necesidades laborales del país implica prestar una atención específica a este colectivo. Muchos se incorporarán a ocupaciones menos atractivas para la población autóctona y, en general, sin la cualificación necesaria. Para evitar reproducir modelos de empleo descalificado, es necesario proporcionarles formación específica. Por sus trayectorias vitales, educativas y culturales, y porque en muchos casos no han completado su escolarización en el país, requieren medidas de acceso a la formación adaptadas.
Todas estas tensiones se concentran en los grados medios de FP de formas diversas: gran diversidad en el aula; expectativas diferentes entre quienes ven la FP como vía hacia estudios superiores y quienes buscan una inserción laboral rápida; presión del coste de oportunidad entre estudiar más tiempo o trabajar antes; influencia de narrativas de éxito amplificadas por redes sociales centradas en ocupaciones minoritarias; y desconocimiento de otras ocupaciones con alta inserción laboral.
Si añadimos la llegada a la FP de personas con niveles educativos insuficientes debido a las dificultades para garantizar el éxito escolar en la ESO, podemos concluir que es urgente abordar el debate sobre la función de los grados medios sin caer en simplificaciones entre vía escolarizadora y profesionalizadora.
Es necesario partir de una visión más compleja que implique rediseñar la formación profesional necesaria para las cualificaciones intermedias del mercado de trabajo, que seguirán siendo mayoritarias en las próximas décadas, en una sociedad cada vez más profesionalizada, donde incluso los empleos más simples requieren conocimientos y habilidades basadas en capacidades de aprendizaje renovadas.
Para este debate será necesario incorporar conceptos como polivalencia, flexibilidad, personalización de la oferta, itinerarios progresivos, acumulación y certificación ágil de competencias, integración de aprendizajes formales, no formales e informales, y una orientación eficaz.
Se trata de afrontar retos de futuro y no de volver a debates del pasado, partiendo de los grandes avances logrados en la mejora del nivel educativo y de conocimiento de la población, que permiten vislumbrar una sociedad capaz de producir bienes y servicios de forma más productiva y en beneficio del bienestar general.
Oriol Homs, Francesc Colomé, Xavier Farriols y Josep Francí.