No olvidemos la FP

A raíz de los resultados de PISA y del malestar del profesorado, existe un amplio consenso en orientar el debate sobre el sistema educativo hacia un gran pacto de país a largo plazo sobre la educación en Cataluña.

Este pacto estará condicionado en gran medida por las dificultades para resolver los grandes retos de la educación acumulados en los últimos años. Sin embargo, las grandes transformaciones que afectan a nuestras sociedades avanzadas requieren una mirada de futuro que establezca las condiciones para, además de resolver los problemas del pasado y del presente, dotar al sistema de capacidad para adaptarse a los retos que se irán concretando en las próximas décadas.

La educación siempre ha necesitado mirar lejos, porque educar y enseñar requieren tiempo. Hay que abordar dos grandes retos. El primero es educar a toda la población para que se convierta en ciudadanía de una sociedad cohesionada y próspera en las condiciones que se irán consolidando en las próximas décadas; afecta principalmente a las etapas de la educación obligatoria. El segundo es ofrecer la formación necesaria para desarrollar las capacidades profesionales de toda la población a lo largo de su vida, en consonancia con las necesidades de cualificación del sistema económico; afecta a las etapas de la educación secundaria y terciaria posobligatoria. Estos dos retos requieren planteamientos y soluciones diferenciados.

Formarse durante toda la vida

Si aceptamos los compromisos adquiridos con los objetivos de la Unión Europea —que ninguna persona se incorpore al mercado laboral sin una preparación profesional adecuada, desde los trabajos más sencillos hasta los más complejos, y que al menos el 60 % de la población ocupada actualice anualmente su formación—, es fácil concluir que es necesario revisar en profundidad todo el sistema educativo posobligatorio para poder alcanzar estos objetivos.

Actualmente todavía hay demasiados jóvenes y demasiadas personas de origen migrante que se incorporan al empleo sin la preparación adecuada, y estamos muy por debajo de los objetivos de actualización de las competencias profesionales de la población activa, ocupada o desempleada.

Contamos con un potente sistema educativo inicial que debe ampliar sus capacidades para acompañar a toda la población en sus necesidades formativas a lo largo de la vida. Esto significa, por ejemplo, que la universidad y la formación profesional (FP) tendrán que pasar de basarse en transmitir conocimientos a un colectivo joven, con dedicación principalmente a tiempo completo, para ejercer una profesión estandarizada durante toda la vida, a reorganizarse para responder a las necesidades de cualificación de los itinerarios profesionales cambiantes que seguirá la población adulta para adaptarse a los cambios del mundo del trabajo, compartiendo tiempo de trabajo y tiempo de formación.

Un modelo de formación inicial cuestionado

El nivel educativo alcanzado por la mayoría de la población en las últimas décadas ha incrementado notablemente su capacidad de aprender y, por tanto, la facilidad para dominar las tareas profesionales más sencillas; en cambio, los cambios tecnológicos y organizativos en curso hacen más complejo el dominio de las competencias de nivel superior. La mayoría de las ocupaciones actuales, y aún más las del futuro, ya no se basan tanto en «hacer» como en organizar, coordinar, controlar, comunicar, evaluar, experimentar, innovar… Esto exige personas mucho más maduras profesionalmente, y esa madurez solo puede adquirirse ejerciéndola.

La solución dual

Incorporar un nuevo modelo basado en la alternancia dual entre estudio y trabajo desde el primer día del itinerario formativo, tanto en los niveles de FP como en los universitarios, permite que la persona adquiera los niveles adecuados de madurez profesional en el momento de obtener la titulación correspondiente y se incorpore al empleo al nivel que le corresponde, reduciendo las curvas de aprendizaje y de adaptación al puesto de trabajo. Esto contribuye a mejorar la productividad empresarial y, como consecuencia, las perspectivas profesionales de la población y sus condiciones de acceso al empleo.

El modelo dual también es el más adecuado para los niveles más básicos de cualificación. En lugar del modelo actual, en el que la mayoría de estas ocupaciones están cubiertas por personas con niveles de cualificación más elevados que, mientras adquieren la madurez profesional necesaria para dar el salto a otro nivel, ocupan esos puestos, resulta mucho más apropiado incorporar a personas que, mediante un proceso de alternancia entre formación y trabajo, adquieren en pocas semanas las competencias sencillas necesarias para su puesto de trabajo, como inicio de un itinerario hacia funciones más complejas en un proceso de formación continua. Esta vía permite captar a personas en estadios básicos de desarrollo personal y profesional, de gran valor en un momento de declive demográfico y, por tanto, de reducción de las personas disponibles en el mercado laboral.

Repensar la FP básica y los grados A, B y C de la nueva organización del sistema de FP facilitaría ofrecer perspectivas más positivas al elevado volumen de alumnado que termina con dificultades la etapa de educación obligatoria. Hasta que la ESO sea capaz de formar de manera universal e inclusiva a todo su alumnado, establecer un puente con la FP básica en modalidad dual puede contribuir a solucionar un problema que tardará tiempo en resolverse definitivamente.

La Ley orgánica 3/2022, de ordenación e integración de la FP, sienta las bases para la implantación del modelo dual de formación en el ámbito de la FP, pero todavía es necesario adecuar los mecanismos organizativos y normativos necesarios para su aplicación generalizada. En el ámbito universitario aún se está en una fase experimental.

Ahora bien, hay que insistir en que la formación, por sí sola, no lo resolverá todo. Sin un cambio profundo del modelo económico y, en consecuencia, del mercado laboral, los empleos de baja cualificación seguirán absorbiendo a buena parte de los jóvenes y de las personas de origen migrante, y los itinerarios de progreso profesional que hemos descrito difícilmente pasarán del papel a la realidad. Si no se pone remedio, irá abriéndose paso el riesgo de consolidar una sociedad dividida en dos: por un lado, personas cualificadas y bien remuneradas; por otro, personas sin cualificación, con salarios bajos y horarios abusivos. Una apuesta ambiciosa por la formación debe ir acompañada, por tanto, de una política económica que genere empleo de calidad.

La prioridad de los problemas que afectan actualmente a la educación obligatoria no debería hacernos olvidar las cuestiones que planteamos al elaborar un pacto de país para afrontar los retos de futuro de la educación en Cataluña, ya que, en el mejor de los casos, no tendría ningún sentido contar con una ciudadanía bien formada si sus capacidades profesionales no se corresponden con las necesarias para lograr que el país mantenga los elevados niveles de bienestar y cohesión social que hemos tenido en la etapa industrial.

Oriol Homs, Francesc Colomé, Xavier Farriols y Josep Francí