En un mundo lleno de información, lo importante es saber hacer la pregunta

(Serie IA y educación, 1/3)

Este artículo es el primero de una serie de tres sobre inteligencia artificial y educación. Los otros dos, «Modelos de incorporación de la IA a la escuela» y «La IA y el mundo del trabajo», aparecerán en las próximas semanas.

Un problema que viene de lejos

Hace años decíamos que la edición dominical de un periódico contenía más información que la biblioteca de un ilustrado del siglo XVIII. Lo decíamos cuando empezábamos a darnos cuenta de la cantidad de información que los alumnos recibían antes de entrar en la escuela. Era la época de las enciclopedias y de los trabajos copiados de sus entradas.

Un día, un alumno de uno de los autores de este artículo entregó un trabajo que era una recopilación de fotocopias de dos enciclopedias. El profesor le dijo: «Tienes mucha cara, ¿cómo puedes entregarme algo así?». Su respuesta: «He hecho lo que hacen todos. Solo que yo no lo he copiado: me he gastado el dinero en fotocopiarlo».

Aquel alumno ya planteaba lo que nos plantea hoy la IA: el problema no es que haya información, sino qué hacemos con ella.

Después llegó internet, con acceso universal a cualquier dato. Fue la época de la frase «la información ya está en la red, lo que hay que saber es cómo buscarla y cómo asegurar su fiabilidad», y también de El Rincón del Vago, donde se podía encontrar preparado cualquier trabajo que tuvieras que hacer. Con el smartphone la información se nos metió en el bolsillo: ¿de qué año es Taxi Driver? ¿Cuántas calorías son un kWh? ¿Cómo se pasan los grados Fahrenheit a Celsius? Y cuando la cosa era más seria, nos acostumbramos a empezar por la Wikipedia.

En este contexto hablamos de «nativos digitales». Creímos que los alumnos sabían más que nosotros y desarrollamos cierto complejo de inferioridad. Hoy sabemos que el concepto era más fácil de decir que de demostrar: manejar bien el móvil no significa saber buscar, contrastar o valorar una fuente.

La pantalla es el canal, no el problema

Las redes sociales llegaron a través de los mismos dispositivos y convirtieron una herramienta de consulta en un espacio de comunicación, entretenimiento y dependencia.

Con ellas llegaron el scroll infinito, la circulación de falsedades, la segmentación y el culto a la imagen. Estos efectos son reales y hacen que muchas familias y muchos centros desconfíen.

Pero lo nocivo es este uso, no el aparato que lo vehicula. Que las redes necesiten una pantalla no significa que todo lo que pasa por una pantalla sea malo. Meterlo todo bajo el genérico «las pantallas» tiene un efecto perverso: acaba descalificando cualquier innovación digital en la escuela, también las que no tienen nada que ver con las redes. Sería como querer prohibir los libros porque los hay malos, en lugar de enseñar a leer.

La solución más cómoda ha sido prohibir, y con la prohibición hemos renunciado a educar en el uso: a distinguir lo que es cierto de lo que es falso, y a pasar de un uso que nos roba tiempo a uno que nos lo ahorra. Que decidamos limitar el móvil en clase por razones de atención es un debate legítimo, pero es otro debate: el de qué uso tiene sentido en cada momento, no el de si la escuela puede prescindir de la tecnología.

Con la IA, el problema cambia

En 2022 ChatGPT se abrió al público y en pocos años la inteligencia artificial ha entrado en la sociedad con una fuerza enorme. Con internet buscábamos y elegíamos. Ahora la respuesta nos llega ya redactada, ordenada y con apariencia de autoridad.

Esto supone una gran oportunidad y un riesgo concreto. La respuesta puede ser fluida y, al mismo tiempo, errónea: datos inventados, fuentes que no existen, sesgos que no se ven. Quien no sabe nada del tema no tiene manera de detectarlo. Nuestro alumno de las fotocopias ya no tiene que gastarse el dinero: lo pide, y lo que obtiene tiene mejor aspecto que cualquier trabajo copiado.

Preguntar es una competencia integradora

Ahora el aforismo del título se ve con toda su fuerza: la información está al alcance y lo que cuenta es la pregunta. Pero hacerse una buena pregunta no es un truco de formulación. Supone conocer el tema lo suficiente para saber qué no se sabe, y también razonar, contrastar, criticar y debatir. Todas estas competencias convergen en la pregunta, y la pregunta las pone a prueba. Lo reconocemos en un buen periodista, en un buen profesor, en el alumno que en clase hace una pregunta que hace avanzar a todos.

Saber, por sí solo, es una competencia incompleta ante una herramienta que siempre contesta. Preguntar bien las integra todas. Y la misma integración es necesaria para juzgar la respuesta: si el alumno no sabe nada del tema, no sabrá qué pedir ni si le han respondido bien. En Formación Profesional lo vemos enseguida: un técnico que no entiende el proceso no puede saber si la respuesta de una IA es correcta, y el error no se paga con una nota baja, sino con una avería, una instalación mal hecha o un paciente mal atendido.

Ahora a esta pregunta la llamamos prompt. El prompt es una técnica para preguntar, y las técnicas cambian: los modelos cada vez entienden mejor lo que les pedimos. Pero como ejercicio es muy bueno, porque obliga a precisar qué se quiere, en qué contexto y con qué formato, a leer críticamente la respuesta y a reformular la pregunta. Aprender a hacer prompts es una manera de entrenar la competencia que perdura: la de hacerse preguntas.

La escuela, en esto, no parte de cero, pero tampoco va sobrada. Hay experiencias que trabajan la pregunta, pero no son la práctica habitual: raramente programamos y evaluamos la capacidad de formular preguntas, y suele quedar como un mérito informal del alumno «brillante» en lugar de ser un objetivo de la unidad. El debate, la oralidad y la participación todavía pesan poco en nuestras metodologías.

Prohibir o educar

Volvemos a tener el debate de si hay que prohibir la IA a los alumnos. Planteada así, la pregunta está mal formulada. Hay momentos en los que tiene sentido restringir su uso: en las primeras etapas, mientras el alumno construye los conocimientos básicos, y en las pruebas en las que queremos ver qué sabe hacer sin ayuda. Pero una prohibición general, que ignora que el alumno la utilizará igualmente fuera del aula, deja el aprendizaje del uso en manos del azar y de lo que cada familia pueda o sepa hacer. Esto aumenta las desigualdades en lugar de reducirlas.

A menudo se menciona que en Silicon Valley los directivos tecnológicos llevan a sus hijos a una escuela sin pantallas. El reportaje que popularizó esta idea —Matt Richtel en The New York Times, octubre de 2011— hablaba de un centro concreto: la Waldorf School of the Peninsula, en Los Altos, un centro privado de pago con 196 alumnos en la etapa elemental, donde las pantallas no entran en el aula hasta octavo (unos 13-14 años). Según el reportaje, los padres lo quieren así para retrasar la exposición de sus hijos, porque creen que las habilidades tecnológicas se aprenden fácilmente más tarde.

Conviene situar el caso. El método Waldorf es coherente con sus principios y legítimo como opción para las familias que lo eligen. Tiene una concepción propia del niño, del ritmo de aprendizaje y del papel del maestro, y concede mucho valor al arte, al trabajo manual y a la narración. La renuncia a las herramientas digitales es un matiz más, no una conclusión sobre la tecnología. Como determinadas metodologías, necesita un fuerte apoyo familiar y del entorno que no todas las familias pueden proporcionar. Por eso es un modelo para las familias que lo eligen, y difícilmente generalizable a un sistema educativo que debe atender a todos los alumnos.

La brecha digital es un buen ejemplo. Tres cuartas partes de los alumnos de este centro tienen padres vinculados a la tecnología: pueden permitirse el lujo, no exento de riesgo, de no aprenderla en la escuela, porque en casa podrán enseñársela. Quienes no tienen este entorno solo pueden acceder a ella en la escuela.

Otras escuelas de la misma zona utilizan la tecnología digital, y algunas de manera muy intensa y combinada, naturalmente, con música, literatura… Ningún caso es generalizable. Pero una escuela que niega el acceso a la tecnología a quien no la tendrá en ningún otro lugar hace crecer la brecha.

La pregunta, pues, no es si la IA debe entrar en la escuela, sino cómo y con qué criterio. La IA facilita obtener respuestas; lo que la escuela debe hacer difícil de saltarse es entenderlas. Si conseguimos que los alumnos sepan lo suficiente para preguntar bien y para dudar de la respuesta, la IA será una herramienta y no un sustituto. En el próximo artículo aportaremos algunas propuestas.

Francesc Colomé, Xavier Farriols, Josep Francí y Oriol Homs